Rector de U Católica envía mensaje para adaptarse a nueva normalidad

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Créditos de la fotografía a La República

Fernando Sánchez, rector de la Universidad Católica de Costa Rica se refirió a la «nueva normalidad» y cómo las personas deben prepararse y aceptarla, en su nuevo artículo. Además, es enfático que el objetivo es convertir esta crisis en nuevas oportunidades.

“En los lineamientos sobre la crisis de salud, muy bien; pero en lo referente al manejo político y las medidas sociales y económicas para enfrentar sus consecuencias, el gobierno saca nota deficiente”. Así concluía un analista -con quien concuerdo- su exposición; solo para luego insistir que teníamos que prepararnos para regresar a una “nueva normalidad”. Este término se ha vuelto casi un lugar común, que se repite sin cuestionarse que el asumir regresar a una “nueva normalidad” también implica jugar un rol pasivo en el proceso post-pandémico; en el que, como ahora, nos tocaría simplemente seguir reglas y obedecer. En esto no concuerdo con el dilecto analista.

“Nunca hay que desperdiciar una buena crisis”, decía Winston Churchill. Resignarnos tan solo a regresar a “una nueva normalidad”, sin cuestionarnos en qué consiste esta y cómo podemos contribuir a moldearla, implica haber desperdiciado las oportunidades de aprendizaje que nos ofrece la peor crisis que le ha tocado vivir a esta generación. Estoy convencido de que podemos aprender y salir muy fortalecidos de este trance tan difícil por el que estamos pasando, pero para ello es preciso dejar de ser espectadores de la tragedia y convertirnos en protagonistas de una obra que urge un cambio de guion. Nos toca asumir el rol de “constructores de la nueva normalidad”. En ese proceso, del que nadie está excluido, nos encontraremos, al menos, con cuatro encrucijadas. De qué camino tomar en cada una de ellas depende “regresar” a lo que teníamos antes, o “construir” algo mejor.

En primer lugar, debemos cuestionarnos si queremos “regresar” a un modelo de desarrollo en el que priva el egoísmo, o “construir” uno que tenga como faro la solidaridad. Esta pandemia ha demostrado que sociedades más equitativas y prósperas; con sectores productivos sólidos e instituciones públicas (aparatos de salud en este caso) fuertes y solidarias, son esenciales. Igualmente, ha dejado claro que el “mayor factor de riesgo” ante la pandemia no es la obesidad, la hipertensión o la diabetes, es la pobreza. Ciertamente, el confinamiento y el teletrabajo, no es opción para quienes no tienen casa, empleo o Internet. Y ni que decir de los migrantes quienes, al abandonar sus países, saben que -parafraseando a uno de ellos-, “enfermarse es una posibilidad, el hambre es una certeza”. Igualmente, los efectos globales y acelerados de la actual pandemia deberían servir de ejemplo para cambiar hábitos de consumo y tomarnos en serio, de una buena vez, las consecuencias del calentamiento global y el deterioro del medio ambiente. Como lo ha advertido el papa Francisco, “Dios perdona siempre, nosotros perdonamos algunas veces, la naturaleza -la creación-, cuando viene maltratada, no perdona nunca”. Esta crisis nos deja claro que “construir solidaridad” es preservar la vida.

En segundo lugar, debemos decidir si queremos “regresar” a sistemas políticos democráticos desgastados, inoperantes y poco transparentes, o queremos “construir” democracias más robustas, eficientes, y generadoras de mayor confianza en la ciudadanía. Enfrentar los efectos de la pandemia en países con sistemas políticos anquilosados e ineficientes no puede convertirse en justificación para limitar la democracia. Al contrario, siguiendo a Alexis de Tocqueville, “los problemas de la democracia se resuelven con más democracia”. Un poder ejecutivo eficaz y claro en cuanto a propuestas, ejecución y manejo de la información; poderes legislativos y judiciales autónomos y responsables, pero con un agudo sentido de oportunidad y urgencia; y medios de comunicación críticos, independientes y profundos, conscientes de su labor como informadores y pedagogos, entre otros, son básicos en esta propuesta. La pandemia no solo nos debería enseñar el valor de contar con un sistema político funcional, sino también la importancia de comportarnos siempre como un electorado consciente y maduro. Nunca antes fue tan cierto aquello de que, el ciudadano que menos se equivoca al escoger a sus gobernantes es aquel que vota anticipando una gran crisis.

En tercer lugar, debemos preguntarnos si queremos “regresar” a familias cada vez más desintegradas y disfuncionales, o “construir” familias integradas y funcionales. Paradójicamente, en tiempos de pandemia la caridad y consideración con el prójimo se han manifestado mediante el distanciamiento. Los vínculos sociales y los lazos afectivos fuera de nuestra familia nuclear o “burbuja social”, deben conservarse y, si se puede, desarrollarse “a control remoto”. No obstante, e independientemente de las dificultades que esto supone, es fundamental comprender que nuestro principal reto no es idear planes para “mantenerse cerca mientras se está lejos”, sino el reencontrarnos con aquellos que hoy y siempre hemos tenido cerca, y parecieran haber estado muy lejos. Más allá de las situaciones únicas que enfrenta cada familia, la pandemia se presenta como una oportunidad para recuperar y/o fortalecer nuestra familia nuclear. Resolver problemas latentes en el núcleo familiar; afinar la comunicación como familia, y con cada miembro de ella; revisar prioridades, proyectos y metas comunes; comprender que la identidad de cada miembro no compite sino más bien enriquece la identidad del núcleo; y valorar -como dice el cantante- el privilegio de vivir y crecer “acompañados”, son tareas ineludibles si queremos superar esta etapa en paz. Quienes consigan esto, habrán logrado “sacar oro” de su experiencia de pandemia.

Finalmente, debemos discernir si queremos “regresar” a sociedades marcadas por lo inmediato, lo material y lo efímero, o “construir” sociedades a partir de personas con mayor profundidad espiritual y mejor comprensión de lo trascendente. En este sentido el reto es grande. Parafraseando al filósofo surcoreano Byung-Chul Han, con la pandemia “la narrativa de la resurrección da paso a la ideología de la salud y la supervivencia”. Sin entender que se mueven en distintos niveles del saber, la ‘virología’ se quiere imponer a la teología, como fuente básica del creer. Pareciera ser un mal generalizado el “elevar la mirada al cielo” hasta que ya se ha mirado para todos los demás lados, y esto puede tomar tiempo. Un inmejorable resultado de esta época de pandemia sería el que logremos acelerar el proceso. La fortaleza espiritual permite, siguiendo a San Ignacio de Loyola, “transformar la felicidad que se siente en tiempos de tranquilidad y éxito, en paciencia durante los momentos de dificultad y prueba”. Así se gestan personas resilientes, capaces de enfrentar el presente con ilusión y el futuro con esperanza. Si la pandemia ha logrado enseñarnos esto, aunque sea “a la brava”, habremos transitado un tiempo de preparación muy provechoso; similar al árbol que se poda para que dé más y mejores frutos.

No podemos “desperdiciar” la crisis que hoy enfrentamos conformándonos tan solo con “regresar” a la nueva normalidad. La situación que afrontamos impone que, a partir de aprender y tomar mejores decisiones en el planteo de nuestro modelo de desarrollo, sistema político, relaciones familiares y crecimiento espiritual, actuemos como “constructores” de la nueva normalidad que nos tocará vivir. Superar la pandemia no supone tan solo salir vivos de la prueba; sino también más fuertes, más sensibles, más sabios y mejor preparados. De conseguirlo, habríamos logrado inmunidad contra el COVID-19, y contra muchas de nuestras peores enfermedades.

Con información de Eco Católico

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