Bukele contra las maras

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Tomado de BBC

Esposados, peloneados, en calzones, uno tras otro sentados en el suelo, despatarrados, casi pecho contra espalda.

Las imágenes han dado la vuelta al mundo. En plena pandemia de covid-19, cientos de pandilleros amontonados por el gobierno de El Salvador: los menos, con una mascarilla quirúrgica.

La antítesis del distanciamiento social.

Alrededor de ellos, armados y con chalecos antibala, agentes antidisturbios de la Policía Nacional Civil y personal de la Dirección General de Centros Penales.

Sus rostros cubiertos con gorros navarone. La situación lo ameritaba: los apelotonados son activos de la Mara Salvatrucha y de la 18, estructuras criminales que son piezas claves para entender por qué El Salvador es un habitual en los ránking de países más homicidas del mundo.

“Estamos ejecutando la acción de mezclar y recluir en las mismas celdas a los diferentes grupos de las estructuras criminales”, tuiteó con un dejo de orgullo Osiris Luna, viceministro de Seguridad y director general del sistema penitenciario.

Mucho más allá del impacto visual, la clave está en el “en las mismas celdas”.

El Salvador lleva años viendo imágenes de pandilleros vejados por el Estado.

Desde hace casi dos décadas, es el lugar común al que el gobierno de turno ha recurrido para aparentar que se está combatiendo con contundencia el fenómeno de las maras, el nombre que reciben las pandillas en El Salvador.

Pero en esta ocasión, a la avalancha de fotografías y videos se sumó el anuncio sorpresivo de que, como castigo por la explosión homicida desatada el viernes 24 de abril, el gobierno mezclará “en las mismas celdas” a activos de distintas pandillas.

Estimaciones oficiales cifran en unos 60.000 los pandilleros activos en un país de apenas 6,8 millones de habitantes.

Tres son las pandillas hegemónicas: la Mara Salvatrucha, el Barrio 18-Sureños y el Barrio 18-Revolucionarios, aunque hay otras de menor arraigo, más el nada despreciable número de pandilleros retirados.

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