Los senderos clandestinos entre Guanacaste y Nicaragua

0
343
Tomado de la voz de Guanacaste

Cada vez que un carro estaciona a la orilla de la carretera panamericana, dos kilómetros antes de llegar al puesto fronterizo entre Costa Rica y Nicaragua, una docena de hombres caen como hormigas sobre azúcar. Abren puertas, se paran junto a las cajuelas y abordan a los pasajeros con frases como “déjeme ayudarle”, “le cargamos todo eso”, “dos mil colones por llevarle las maletas”.

“A los negritos también los ayudamos”, dice Óscar José Castillo Mendoza, un nicaragüense pequeño de cara tostada y vestido de pantalón marrón, camiseta verde y chancletas rosadas. Él y otros aquí les llaman “negritos” a los migrantes africanos.

Decenas de personas cruzan todos los días por senderos clandestinos hacia Nicaragua y viceversa por este punto de la frontera, en Peñas Blancas, evadiendo los controles migratorios de ambas naciones centroamericanas.

Es un flujo clandestino pero común, al menos hasta que una unidad de la policía costarricense se acerque. Entonces, la gente corre a esconderse en algún pequeño negocio o detrás de arbustos.

Quienes más transitan por estos caminos ilegales son los residentes de estos países. Sin embargo, desde hace cinco años el tránsito de cubanos y haitianos está creciendo aceleradamente. Entremezclados con ellos, o en grupos aparte, pasan centenares de personas que vienen desde África o Asia, algunas de ellas después de haber recorrido medio continente.

Muchos senderos clandestinos de Guanacaste hacia Nicaragua empiezan en los patios traseros de las casas cercanas a la frontera. Las familias ahí cobran un “peaje” por dejar pasar a quienes migran. Una sentencia costarricense del 2017 indica que el cobro era de unos US$15 en ese entonces.

Pero la ruta más conocida y transitada es “el callejón”. Es un sendero público por el que basta caminar un par de minutos para topar la cerca de alambres de púas que delimita la frontera.

De diciembre a abril es una zona polvorienta, con unos cuantos árboles marchitos y repleta de basura que dejan los caminantes. De mayo a noviembre, la senda se vuelve lodosa y algunos vecinos en el lado de Costa Rica, como María Estela Hurtado, aprovechan para ganar plata lavando pies.

Hurtado vive en la última casa del callejón, antes de la cerca. Ella vende tortillas cada mañana a quienes cruzan, o a quienes se desenvuelven en diferentes oficios en la carretera, como Castillo que carga maletas.

“Para serle franca y sincera, aquí pasa bastante gente, nicaragüenses, cubanos, africanos. Aquí pasa de todo”, dice en la puerta de su vivienda de madera.

Desde aquí se observa una caseta del Ejército de Nicaragua a unos 200 metros de distancia, por el mismo paso de tierra bien demarcado. Algunos militares están ahí para interceptar a los migrantes extrarregionales cuando cruzan, y llevarlos a la Dirección General de Migración y Extranjería de Nicaragua. 

El gobierno de Nicaragua les cobra US$150 de salvoconducto para dejarlos pasar por el país. Le cobran el mismo monto hasta a un recién nacido. Así lo relataron vecinos de la frontera, migrantes y autoridades policiales de Costa Rica a La Voz de Guanacaste.

Junto con el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP) y otros 16 medios construimos el especial Migrantes de Otro Mundo, del que esta nota es parte.

Tomado de Voz de Guanacaste

Deja un comentario